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¡Que venga la vida!

Enviado por carlos cohl el 13/06/2008 a las 23:00

 

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Es un tiempo de complicaciones de salud. Reelaboración de estrategias de tratamiento, nuevos exámenes otras medicinas.

 

Ante estas realidades, nada que decir. La medicina tiene sus timings sus métodos. Nada depende de mí cuando he declarado a priori mi total confianza en el equipo médico.

 

Espiritualmente, la paz se abre paso. El deseo de ponerse ligero de equipaje, de abandonar las viejas quejas, las iras…la no aceptación.

 

Un breve cuento que alguien amablemente me envió,  sirve para ilustrar mi disposición en estas horas.

 

“Un párroco comienza a notar que un niño de unos 12 años, todos los días concurre puntualmente a una hora a ponerse de rodillas silencioso ante el altar.

 

El párroco, intrigado por la perseverancia del niño lo aborda un día y le dice: “hijo, veo que vienes todos los días a arrodillarte ante el altar, cuéntame qué es lo que le pides a Dios”.

 

Y el niño le responde: “la verdad padre, no le vengo a pedir nada sino a preguntarle si se le ofrece algo en que puedo ayudarle “

 

Esa es mi actitud. Ya no hay nada que pedir, más bien es tiempo de preguntar qué puedo dar y a quién. Vivir para dar donde se necesite.

 

Toda la conciencia de la vida se pone presente en esta forma de ver la vida. Qué lástima que no ocurra siempre. Metido como he estado en el torbellino de cosas que nos toca  vivir pocas veces tomo la sabia decisión de detenerme y mirar qué es lo que estoy haciendo.  De encontrar el sentido de mis actos, de tomar contacto con la fragilidad. De mirar a mi pareja, a mis hijos a mi entorno más querido y reencantar el sentido de esas relaciones para crecer y enriquecerme.

 

En este espacio las conversaciones internas son esenciales: la posibilidad de partir en algún momento, lo que resta de tiempo aún cuando eso es indeterminado. Las reflexiones sobre qué haré, cómo viviré entonces y la clara certeza de que vivirla como entrega como darse  es una contribución al prójimo de un valor muy superior al que podría esperar y de una productividad inimaginable.

 

Todo eso surge al enfrentase al dolor, a las complicaciones.

 

 

 

Las dificultades de salud y la experiencia de dolores vivida y de  la cual compartí en otro post, traen al presente reflexiones esenciales sobre qué estoy haciendo aquí.

 

 

Pero ojo: a no engañarse.

 

Tomar conciencia de la fragilidad de la vida y de sus límites y actuar en consecuencia con la posibilidad de partir no son suficiente explicación si no pongo el otro pie en la convicción de que se puede vivir como un guerrero dispuesto a buscar, a luchar a recorrer senderos misteriosos donde se lucha, se afronta todo reto cara a cara, donde se pone garra, fuerza, cojones para el combate. Esa actitud está en mi ADN y jamás se transa en ella, pese a que el viento arrecie sin pausa y a veces la rama se doble al punto de que pareciera va a quebrarse.

 

Como dice una vieja canción: es el hombre que se levanta, crece y agiganta frente a la dificultad. Nada hay de mayor belleza que tomar conciencia de ser frágiles y limitados y, al mismo tiempo luchar con fe y pasión  frente a la dificultad.

 

En eso no hay pie a tras.

 

Se sigue amando como si fuese la última ocasión. Se sigue mirando con intensidad como si fuese el último minuto para ver. Se sigue presente aquí y ahora. Se vive como si la vida viniese por primera vez.

 

¡Qué mundo podríamos construir todos juntos viviendo de esa manera! ¡Qué cantidad de sueños podríamos realizar si conscientes de nuestra humanidad tendiésemos la mano al que lo necesita, al que no vemos que sufre a nuestro lado!

 

La vida es un regalo. La recibo como si fuese la primera vez…aquí la espero con la frente en alto, con la mirada aguda, fuerte, apasionada, esperanzada, con fe… ¡que venga la vida!







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